Cosquín Rock, día 3: Un final para alquilar montañas

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FUENTE: LA VOZ DEL INTERIOR

Con un show impecable de Illya Kuriaky antes del cierre de Las Pastillas del Abuelo, Cosquín Rock apagó los parlantes hasta el año que viene. Hubo más de 30 mil personas en la jornada final del festival.


Con una multitud de más de 30 mil personas en el predio, de acuerdo a datos de la producción, la edición número 13 de Cosquín Rock desarmará en las próximas horas todo el circo (o tal vez sería más preciso hablar del parque) hasta el año que viene. En todas las ediciones hay un día menos convocante, y por más que el feriado extendido invitara y la grilla prometiera, este lunes actuó como un domingo víspera de lunes laborable y la afluencia bajó un poco.

Como sea, y con la tarde partiéndose por el sol, cuando Las Manos de Filippi hizo su debut absoluto en el principal, había mucho más que un quorum aceptable. Los 20 años de la banda del Cabra lo ameritaban, y no venía mal algo de agitación obrera e incorrección política. Si al fin y al cabo eso es lo que se le pide al rock, combatividad, era hora de escuchar algunos de los hits alternativos con los que hace dos décadas vienen señalando al poder de turno.

No dejaba de ser un retrato surrealista ver a chicas de estrictos Ray Ban y ultra arregladas en el deck de un VIP de 800 pesos, bailando y cantando al ritmo de consignas como «Los mejores, los únicos, los métodos piqueteros» o «Hay que matar al presidente». El aniversario ameritaba invitados especiales, y hubo dos: el Ají Rivarola, de Armando Flores, y El Mono de Kapanga. Sonaba tan lógico como que más adelante la programación tenía a la banda de Quilmes, que no es otra cosa que la versión despreocupada y despojada de mensaje: diversión a secas y cuarterrock.

Si además de Kristina, el tema con el que Las Manos quieren correr por izquierda al gobierno actual, De Vega y los suyos pueden divertirse con el cumbiero Himno del cucumelo, Kapanga tiene una batería de hits al borde del cuarteto, y hasta puede darse el gusto de subir a escena «al hijo de un grande del que hemos cantado canciones» (más de uno flasheó un segundo con la idea de Dante Spinetta con Kapanga), que no era otro que Carli Jiménez para Me Mata.

Otro punto en común entre Las Manos y Kapanga fue que hicieron suyo el reclamo de «No a la trata», junto con el apoyo a la tarea de Susana Trimarco. También dos sobrevivientes de Cromañón, Mailyn y Gustavo, tuvieron sus minutos para pedir por la libertad de Callejeros y la cárcel para «los verdaderos responsables políticos y los funcionarios que permitieron que sucediera».

En la jornada de cierre hubo juventud para destacar. Caperucita Coya, mejor conocida como «la banda del hijo de Pergolini», integrada por tres virtuosos de 19 años y un veterano de 20, salió a justificar que no hace falta un apellido famoso, aunque algo ayuda para empezar. Rock bien tocado, progresiones bien llevadas, temas extensos y letras algo psicodélicas, aunque a primerísima hora, o lo que es lo mismo, para 50 personas.

Massacre, con algún que otro problema de sonido, fue el tránsito hasta Kapanga, aunque perfectamente podría haber sido a la inversa, y más tarde, ya caída la noche del final, una secuencia que fue agitando un cóctel apto para bailarines de montaña: Molotov, que sonó tan duro como saben hacerlo los mejicanos (ellos también hicieron propio el mensaje contra la trata de personas que motoriza Trimarco), y un plato que sorprendió a muchos: Illya Kuryaki and The Valderramas.

Dante y Emanuel no solamente ofrecieron un show impresionante, lejos del de hace un año cuando subieron tres días después de la muerte del Flaco, sobre todo en rubros lógicos como el ánimo general, sino que convirtieron el maltratado terreno que hace de pista de aterrizaje el resto del año en pista, pero de baile. Jugo, Jaguar House y Ula Ula sonaron con el mismo poder de hace unos meses en el Personal Fest porteño, sin tanta producción visual ni despliegue escénico, es cierto, pero ahí estaba la sección de vientos, las teclas de Arcaute, la batería del Sur Oculto Pablo González, el gigante Matías Rada en la viola y el resto sonando ajustadísimos.

«En esto tenemos que estar unidos: no a la trata», se unió Dante. No sería exagerado rescatar lo de IKV como lo mejor de los tres días, no. Apenas injusto para otros números que tuvieron lo suyo. «Este es para vos, papá». Por supuesto, Dante dedicó así Águila amarilla, y las imágenes en los leds mostraron a Luis Alberto. También hubo tiempo para grabar imágenes del próximo videoclip del disco nuevo, Madafaka («Vamos guacho, el que no agita no sale»), junto a Molotov en escena. Y hasta Fabricio Oberto salió a tocar la viola en Remisero. De todos modos, todavía tienen pendiente recorrer en vivo otros cortes de Chances, algo que no han hecho desde el regreso.

Le tocó a Babasónicos agarrar esa bola de espejos caliente que era el predio pos IKV, con el ánimo de la gente en el punto ideal. Tras un año de ausencia, Dárgelos comandó una nave tan precisa como contundente y confirmaron que hoy por hoy son la banda más prolija del panorama local: no por nada su nuevo contrato es con Sony México. Maravillas de los festivales y de la organización, la clausura del escenario principal estaba reservado a una banda a priori en las antípodas de los Baba: Las Pastillas del Abuelo.

Fenómeno de masividad en el público joven, la década que lleva la banda liderada por Piti Fernández mostró un sonido evolucionado que el de sus comienzos, pero la misma esencia. Incluso el arranque del show fue el único con juego de lásers de todo el festival. Hacia las dos y veinte de la mañana, ser pastillero era un sentimiento que no se podía parar. Eso, sin contar a Onda Vaga en la Bubamara, que prometía extenderse hasta las cuatro de la mañana, sería todo por este año. No llovió y todo fue según lo previsto. El 13 era un mito, y Palazzo tiene una promesa que cumplir.

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