CADA COSA EN SU LUGAR

Con cada cosa en su lugar todo está en orden, algo que opera favorablemente en el estado de ánimo del hombre, porque no hay cuestión más molesta que ir en búsqueda de algo material refunfuñando siempre: ¿dónde está? Porque las cosas nunca están a la vista, y aunque estén no se las ve, menos en casos de urgencia.

Pero mucho más difícil es lograr el orden en el mundo de las ideas, un mundo realmente complejo, a donde no es tan fácil acceder, sobre todo si no hay una predisposición inteligente y honesta.

Cuando desde las ONG cordobesas se movilizaron, a partir de un accionar proteccionista, para denunciar el caso de los perros galgos en carrera, ya estaba en vigencia la denominada Ley Sarmiento incorporada al Código Penal. La norma cuida el sentimiento de piedad del hombre, respecto al trato con los animales, y la tipicidad surge ante actos de maltrato o de crueldad. Por eso, la especificidad legislativa de la Ley de Galgos es claramente contraria a los principios de política criminal. Toda ley tiene disposiciones generales, en estos casos referidos a los animales, de otro modo los legisladores tendrían que dictar la ley de los gallos, la ley de las cuadreras, la ley de los grandes hipódromos, la ley de la denominada doma como espectáculo, etc.

Que los jueces y fiscales no hayan perseguido, antes de la Ley de galgos, a los que los hacían correr, hoy puede decirse que han producido una flagrante omisión de los deberes del oficio, delito descripto en el Código Penal Argentino, porque el maltrato, como consecuencia de un hecho, estaba encuadrado como delito en la Ley Sarmiento, aunque ahora le hayan hecho un “encimado” legal inexplicable, con el pretexto de que se los droga o que hay apuestas, lo cual es otro tema que ha mezclado, el desconocimiento de los representantes del pueblo.

Si los legisladores dijeron que hacer correr galgos es delito, no se explica porque se acepta la desprotección del caballo del Festival, preparado para el corcoveo forzado, a costa de espuelazos y golpes brutales con un talero tomado del borde del mango, desde una argolla, lo que posibilita que el latigazo, en el cuerpo del animal, impacte con mango y fusta. Por más que algunos defensores digan que no hay golpe, que es ficción, que las espuelas no duelen y que en la doma con crina limpia el caballo no sufre cuando el gaucho se toma de los pelos, único sostén que aguanta todo el peso y el movimiento violento.

Ahora se la toman con los cazadores de ciervos, por ejemplo, una actividad que está regulada por el Estado. Pero no se asombran por lo que hacen algunos curiosos defensores del animal cuando, en nombre de ellos, injurian, difaman y hasta a veces violan domicilios. Es decir, por un lado incitan la criminalización de conductas hacia otros y al mismo tiempo utilizan modos delictivos.

Lo curioso de todo esto es que, defensores del animal, se la toman sólo con sectores en donde los intereses en juego no tocan los grandes intereses de los poderosos. Y si no veamos si alguien emite juicios de valor en relación a Jesús María. Está claro que el

mutismo responde al apoyo subsidiario del Gobernador con 6.000.300 de pesos, la visita de Macri y también a la publicidad que niega y desdibuja cualquier interpretación que permita sospechar que hay actos de maltrato o de crueldad cuando se apalean caballos, para aumentar el corcoveo que excita a un público enfervorizado.

Y del turf no hace falta preguntarse, ¿Porqué nadie lo vincula con las leyes protectoras?… Está claro: Es el deporte de los Reyes.

Como en todas las cosas de la vida democrática, hay que reconocer la defensa del animal, cuando atrás de esos actos loables no hay una actitud selectiva que tiene como base hacer la vista gorda, para defender o no enfrentar a los poderosos.
electron

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