LA PRODUCTIVIDAD EN ARGENTINA

En mi última entrega de esta columna, vimos que, en el marco del modelo de Solow, sólo es posible aumentar los estándares de vida de forma sostenida incrementando la productividad. A pesar de que el crecimiento del empleo y la acumulación de capital contribuyen al aumento de la producción, la tasa de participación laboral no puede crecer indefinidamente y, en el largo plazo, el crecimiento basado en la acumulación de capital se ve limitado por la existencia de retornos marginales decrecientes. Por el contrario, la eficiencia con la que usamos los recursos disponibles puede aumentar permanentemente.

Asimismo, vimos que este resultado teórico ha sido respaldado por los ejercicios que descomponen las fuentes del crecimiento del producto para diferenciar entre la contribución de la acumulación de factores y la contribución del crecimiento de la productividad. De acuerdo a estos ejercicios de contabilidad del crecimiento, una parte considerable de las diferencias que observamos entre las condiciones de vida entre generaciones, y también entre los países ricos y pobres, se explica por diferencias en los niveles de productividad.

Los ejercicios de contabilidad del crecimiento también echan luz sobre los principales determinantes del bajo crecimiento que caracteriza a las economías de América Latina en general, y a Argentina en particular. Antes de presentar los resultados de estos ejercicios, sin embargo, es importante distinguir entre dos medidas de la productividad a las que se suele hacer referencia en el debate público: la productividad laboral y la productividad total de los factores (PTF).

La productividad laboral es igual al producto por trabajador, y se calcula en base al tamaño de la fuerza laboral. Esta medida no permite identificar las ganancias de eficiencia puras, que son aquellas que se dan cuando es posible producir más manteniendo fijas las cantidades de los factores. Al no considerar la educación de la población ni el capital, incrementos de la producción asociados a aumentos de la educación promedio o del stock de capital se traducen en incrementos de la productividad laboral. De este modo, el producto por trabajador responde a las ganancias de eficiencia puras, pero también a la acumulación de factores. Por el contrario, el cómputo de los incrementos de la PTF, en principio, sí permite identificar las ganancias de eficiencia puras. Por ello, esta constituye la medida preferida de la productividad agregada de una economía.

 

Las investigaciones empíricas indican que, desde 1960, la brecha entre las productividades de Estados Unidos y América Latina se ha ensanchado, en promedio. Esto contrasta con la evolución de la PTF en Asia, continente en el que se han logrado importantes ganancias de productividad desde 1960 (Gráfico 1). La divergencia en las trayectorias de América Latina y Asia en cuanto a performance en los mercados de exportación, diversificación y crecimiento de las exportaciones, crecimiento del PIB y, en última instancia, incremento del ingreso per cápita, es sugerente con respecto a la importancia que tiene la productividad en la determinación de los resultados de largo plazo. Además, habla de la urgencia con la que América Latina debe hacer catch-up con el resto del mundo en materia de productividad.

En un trabajo publicado en 2018, Baumann Fonay y Cohan calculan la contribución del trabajo, el capital y el cambio tecnológico al crecimiento del PIB argentino en el período 1993-2017, y construyen una serie de la PTF de nuestro país. A los fines de obtener una estimación más precisa de la PTF, los autores realizan ajustes estándar a las dotaciones factoriales. Para el ejercicio, se dividen los datos en tres subperíodos: el de los noventa (1993-1998), el de las crisis y la recuperación (1999-2011) y el del estancamiento (2012 a 2017). Luego de los noventa, la PTF exhibe una tendencia sostenida a la baja (en promedio). Esta pasa de crecer al 1.8% promedio anual durante los noventa a caer al -0.3% promedio en el período de crisis y recuperación, y termina contrayéndose a una tasa del -0.9% promedio anual durante la etapa de estancamiento (Gráfico 2).

Teniendo en cuenta que el crecimiento de la productividad es el motor del aumento de los estándares de vida en el largo plazo, y considerando que la acumulación de factores no solo no ha logrado compensar el aporte negativo de la PTF al PIB, sino que por momentos lo ha exacerbado, resulta imperioso revertir el proceso de deterioro de la productividad que afecta a la Argentina.

 

Para lograr esto, es indispensable acotar la volatilidad macroeconómica. La volatilidad reduce la disponibilidad de crédito, limitando el accionar de los emprendedores que tienen buenas ideas, pero no disponen de capital. Además, aumenta la incertidumbre con respecto al retorno de las distintas oportunidades de inversión. Al aumentar la incertidumbre, la volatilidad reduce los niveles de inversión agregada y compromete la eficiencia de la inversión, ya que lleva a las empresas a priorizar aquellas inversiones poco específicas que tienen un bajo efecto sobre la productividad, pero se ven menos afectadas por los grandes vaivenes en los precios relativos.

Asimismo, es necesario lograr consensos en torno a la adopción de una agenda de productividad que se encuentre respaldada por evidencia empírica y que responda a las restricciones y los desafíos que actualmente enfrenta Argentina. En virtud de la urgencia con la que debe revertirse el proceso de deterioro, una agenda de este tipo deberá priorizar aquellas políticas que permitan incrementar la productividad en el corto y el mediano plazos. Por esta razón, las políticas que tienen un alto potencial de transformación, pero se caracterizan por sus largos períodos de maduración – como aquellas que apuntan a incrementar los niveles de capital humano –, forman parte de una agenda de largo plazo sobre la que no me ocupare en estas notas sobre TFP.

En base a la evidencia que repasaré en próximas entregas de esta columna, y atendiendo a las actuales capacidades fiscales de nuestro país, considero que algunas de las políticas que deberían formar parte de una agenda de estímulo de la productividad son (pero no se limitan a: (i) la reducción de barreras a la entrada al emprendimiento, que al disminuir la competencia desincentivan la innovación, (ii) la remoción de aquellas instituciones que desincentivan la adopción de arreglos de pago por productividad, (iii) el establecimiento de instituciones destinadas a incentivar una mayor inversión privada en infraestructura y un uso más eficiente de los fondos públicos, (iv) el fortalecimiento de las actividades anticartel llevadas adelante por la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia, (v) la profundización de la transición hacia un sistema impositivo menos distorsivo, basado en el cobro de pocos impuestos con bases impositivas amplias, (vi) la reducción de las barreras arancelarias y paraarancelarias aplicadas sobre las importaciones de insumos intermedios y bienes de capital, que encarecen la adopción de aquellas tecnologías que vienen embebidas en la maquinaria de última generación, y (vii) la revisión, en conjunto con el resto de los miembros del Mercosur, del Arancel Externo Común, que al imponer altos aranceles a las importaciones extra zona reduce tanto la competencia como la innovación en el mercado local.

 

(CONSTANZA MANZUR PARA VDX)

Fuente: El Economista

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