ARGENTINELA

El coronavirus ha llegado para enfermarnos y desquiciarnos. La forzosa reclusión nos enjaula como a las fieras y nos predispone a llenarnos la cabeza con los peores augurios.

Ya sabemos que el pesimismo es como la izquierda, tiene mejor prensa que el optimismo que siempre parece patrimonio de los que no tienen problemas. Y no es así. Todo es una cuestión de actitud, de pensar a favor de nosotros mismos, de no caer en la tentación del facilismo de la derrota, es más fácil perder una batalla que pelear hasta el final pensando que se puede ganar. No es consuelo suponer que esto que nos pasa a nosotros le pasa a todo el mundo, pero ayuda a quitarnos la responsabilidad al menos de que esta vez, no fuimos nosotros.

El argentino es culposo al comienzo y negador al final. Empezamos con el «¿Habré sido yo?», para terminar en el «Yo no tuve nada que ver».

El covid19 es más que una cifra de contagiados, recuperados y muertos, es el camino lleno de piedras que debemos andar queramos o no, y ahí está la cuestión. No nos gusta que nos obliguen, y si bien somos una sociedad hija del rigor, preferimos hacer las cosas pensando que fue decisión nuestra.

Durante años oímos decir aquello de que estamos así porque no pasamos una gran guerra, bueno, ahora la estamos librando todos y habrá que ver si sirvió de algo. ¿Aprenderemos de verdad a ser mejores?, ¿Borraremos definitivamente las grietas, no solo las políticas, sino todas? , ¿Entenderemos definitivamente que somos los demás de los demás?, ¿Valoraremos que lo que realmente importa para crecer son la salud y la educación? Unos piensan que sí y otros que no.

Es difícil pensar que saldremos de este infierno recuperados de todas las dolencias morales que nos aquejan. El virus ataca el sistema respiratorio no la conciencia. Nadie dirá nunca «Sí, fui yo y me equivoqué», jamás veremos a un dirigente argentino aceptando que hizo mal las cosas o que fue un corrupto aunque hubiera sido por las circunstancias que fueran. No habrá una mejor versión de nosotros mismos, porque nos cuesta darnos cuenta. Aplaudimos a quienes nos cuidan pero a la vez los queremos echar del edificio. Somos así de extraños y de «jodidos» como decimos habitualmente.

Hace unos años el periodista Mario Mactas imaginó que estábamos siendo atacados por una bacteria llamada «argentinela» y le atribuyó a este bichito tener la culpa de todo lo malo que hacemos y de todo lo malo que somos. Casi premonitorio aquello porque nunca encontramos la vacuna para ese mal imaginario como nos cuesta hoy reconocer que seguimos infectados, no del coronavirus, sino de la argentinela.

Dicen que «lo peor está por venir» y puede que sea así, pero como siempre, nos cuesta acatar las reglas, seguir las instrucciones. Somos ciudadanos que no leemos los prospectos que traen los medicamentos y decimos que tienen la letra muy chiquita. No los leemos porque nos cuesta hacer ese trabajo, porque tenemos miedo que allí describan nuestro mal, porque no pensamos que si está ahí debe ser por algo. Igual si tenemos alguna contraindicación manifiesta, le echamos la culpa al médico. Saldremos de esto, claro que saldremos, el tema es saber cómo.

Hace unos días, el genial Santiago Kovadlof dijo sobre esta salida de la pandemia y los argentinos: «Nosotros no debemos tener la expectativa de que al salir de esta situación vamos a ingresar a un mundo de redención, a un mundo en el cual estarán ya superados los egoísmos que han hecho posible en buena medida el deterioro de la democracia o la decadencia de la fe social. Tenemos que seguir luchando para que la democracia gane más y más sentido republicano».

Seguir luchando es mantener esta fuerza que, pese a las dificultades, nos obliga a quedarnos en casa, a respetar la norma, sea por miedo o por lo que sea, pero a respetar una orden dada para protegernos. Es un paso que no debemos desperdiciar, los optimistas suponen que seguiremos en ese camino y los otros piensan que volveremos a las andadas, que regresaremos a los gritos y los enfrentamientos, que pasaremos de las calles vacías a las calles cortadas y retomaremos casi con urgencia la senda del enfrentamiento. Será entonces cuando pueda decirse aun con el dolor de la tragedia sobre nuestras cabezas «No hemos aprendido nada». (PABLO GUERRERO PARA VDX)

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