PUNTO DE VISTA

Vargas Llosa, otrora  inclinado hacia la izquierda, ahora derrapó hacia la derecha. Recuerda cómo la revolución cubana y las ideas de Jean Paul Sartre fueron momentos claves en la evolución de su pensamiento juvenil, ligado a las ideas marxistas. Pero a partir de sus sesenta años todo se desmorona en él. Por un lado su ego necesitó la adulación de las grandes potencias y éstas pensaron que había que transfuguearlo (hacerlo cambiar de ideología)  con un premio Nobel en 2010, sin ser el favorito y así saltó sin pudor al neoliberalismo.

Invitado por Macri  apuntó a Argentina y Venezuela, entre otros, denunciando  “restricciones a la libertad” » y  regreso del «populismo». Que el ingeniero Macri haya sido hijo de un corrupto, reconocido por él,  socio de él y heredero de él (el que lo hereda no lo hurta), podría ser coherente si lo tomamos como un producto de un árbol envenenado, pero que un escritor, defensor de los principios de  igualdad, equidad y solidaridad… entre los hombres renuncie a sus ideas a cambio de un Nobel, muestra su calaña. Y resulta claro entonces,  que  su amistad con Macri es coherente con los principios de éste.

Con Macri y otros, Vargas Llosa firmó la carta: “Que la pandemia no sea un pretexto para el autoritarismo”. No obstante que en un encuentro entre los dos se burlaba de Macri cuando éste aseguraba que seguiría con la desastrosa política económica financiera, que azotaba al país.

Coincidieron con Macri por al Covid 19, “en relación a gobiernos que usan la pandemia para restringir libertades y derechos básicos». Un Nobel, salvo deshonestidad intelectual de por medio, no puede decir y menos en la Argentina, que por proteger la vida se “restringen libertades y derechos básicos».

Parafraseó también con  Macri diciendo que algunos gobiernos, por la pandemia, se arrogan un poder desmedido, suspendiendo el Estado de derecho con  persecución política y opresión».

Pro yanqui, Vargas Llosa, publicó un artículo en los diarios El País de Madrid, La República de Lima, y La Nación de nuestro país, donde apuntó a China por la epidemia y sus libros desaparecieron de las librerías. En diciembre de 2019, calificó como una «tragedia» el triunfo de Alberto Fernández: «Los argentinos se van a lamentar», todo esto avalado por Macri. Es hora de que los argentinos desnudemos definitivamente a estas lacras que juntan riqueza y “fama” con el esfuerzo esclavizado del hombre.

La ofensiva neoliberal por recuperar espacios de poder político, manteniendo sin embargo los espacios económicos, se traduce en una feroz campaña por asociar regulación e intervención con “autoritarismo”. Esto facilitado por un contexto en el cual las restricciones a las libertades individuales (de circulación fundamentalmente) se asocian en consecuencia directa con las restricciones a la libertad de consumo.

«Los abajo firmantes compartimos la preocupación por la pandemia de covid-19 que ha provocado gran cantidad de contagios y muerte en todo el mundo, y hacemos llegar nuestra solidaridad a las familias enlutadas.

Mientras los empleados de la sanidad pública y privada combaten el coronavirus valerosamente, muchos gobiernos toman medidas.

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Nunca en la historia el concepto de “libertad”, ahora enarbolado por la fundación que lidera Mario Vargas Llosa, había quedado tan ligado a la idea de “supervivencia de los más aptos”. Hasta ahora esta interpretación circulaba por el discurso público a la manera de una verdad no asumida, incluso vergonzante, recubierta por capas y capas de atajos lingüísticos: “meritocracia”, “emprendedurismo”, etc. Casi siempre a unos pocos les había ido muy bien con la receta y a la mayoría de la población le había ido muy mal, pero esa asimetría inherente al sistema solía ser atribuida a la falta de iniciativa y a la indolencia de los “perdedores”. Ahora, en plena pandemia, la invocación de Mauricio Macri, Patricia Bullrich, Darío Lopérfido, López Murphy (por citar solo algunos de los adherentes locales del manifiesto) a la “libertad” esconde, bajo ese paraguas eufemístico, su verdadera intención: levantar la cuarentena, despojar al Estado de su compromiso regulador y dejar librados bienes y vidas, respectivamente, a los rigores de los mercados y el coronavirus.

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El viejo latiguillo progresista para relativizar el endiosamiento de una libertad que no emancipa ni otorga derechos (“libertad para morirse de hambre”) se comprime hoy en el más sencillo y concreto “libertad para morirse”. “Que mueran los que tengan que morir” es la frase que viene a sincerar la matriz ideológica de esa concepción de la libertad, que solo protege a los poderosos y deja a la intemperie al resto. La covid-19 determina en el plano biológico una selección natural análoga al modelo de exclusión promovido por Macri, Vargas Llosa y cía. Pero ahora, por obra y desgracia de una situación límite, ambos planos confluyen, se retroalimentan, escudados en la supuesta defensa de “los derechos de la gente a la libre circulación”.

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Los cruzados del neoliberalismo interpretan las restricciones vinculadas al cuidado de la salud pública como un crimen intervencionista, en tanto estorba el natural desenvolvimiento de sus negocios. Que en este caso, además, los “menos aptos” sean en su mayoría ancianos de más de 70 años, añade una dosis de perversidad compatible con ese esquema ideológico. Se perderán, en todo caso, vidas no productivas (en los términos en que ellos entienden la productividad) que ocasionan un enorme “gasto” al Estado. La fatalidad biológica como alternativa –no querida, seguramente, en el plano consciente– a un drástico ajuste sobre el sistema de seguridad social.

La condena histérica a un “Estado interventor” que restringe las “libertades individuales” se funda, además, en un argumento falaz: el Estado siempre interviene; a veces para proteger a los más vulnerables frente a las asimetrías del mercado; otras, para proteger al mercado frente a la “insolencia” de los más desfavorecidos. Los libertarios de hoy festejaban hace unos meses el intervencionismo represivo del Estado chileno, con indiferencia de los derechos individuales avasallados durante las protestas populares.

Estos párrafos precedentes no implican, de ningún modo, un menoscabo del ideal de libertad (una búsqueda que no debería desconocer sus tensiones con el ideal de justicia) sino una crítica de su malversación interesada. Quien escribe estas líneas viene viendo con alguna desconfianza la naturalización que podría imponerse, post pandemia, de ciertos patrones de control social. Pero a uno le ocurre como les debe pasar a muchos progres no peronistas cuando, un poco cansados de la retórica y de los límites del “populismo reformista”, se encuentran de pronto con intervenciones mediáticas de Fernando Iglesias, Federico Andahazi o especímenes similares del gorilismo criollo. La primera reacción instintiva es salir al balcón a cantar la marcha a voz en cuello y la segunda preparar un fueguito para el asado en el parquet. Después se discutirá todo lo demás. Como dice el colega Diego Fischerman: “Los malos sin contradicciones nos llevan casi inexorablemente a volvernos partidarios de los buenos con contradicciones”.

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En este caso también: la natural rebeldía contra al encierro y las prevenciones frente a eventuales avances sobre la privacidad se posponen cuando la gesta “emancipadora” es interpretada por los esclavistas de mercado. Dan ganas de encerrarse en una pieza con doble barbijo y la tele apagada, todo sea para inmunizarse definitivamente de esta gente.

Sigo…y los ingenios del norte, alguna vez me dijo » no existe la libertad para el que tiene hambre». Pero cuando se nace en la riqueza como estos tipos, no se reconoce nada, mucho menos al hambre.

¡Cuidado, momentito, que libertad no es neoliberalismo! No confundamos, no acotemos los significados. La libertad y el liberalismo conducen a una forma de vivir y de pensar, de entender la vida, la convivencia y la tolerancia. Pero sobre todo, en política, antes que en economía, al PLURALISMO y a LA AUTONOMIA DE LA PERSONA. Ello supone, entre otras cosas, poder entrar y salir de un país libremente; poder expresarse en contra de un gobierno sin ser perseguido, encarcelado o muerto; elegir libremente entre varias opciones políticas, religiosas o sexuales. El neoliberalismo, en cambio, ya es algo restringido: supone una doctrina o condicionalidad económica que impulsa la ausencia de Estado o ajustarse, por ejemplo, al denominado Consenso de Washington, cuyos postulados, imagino, todos conocen. Las libertades individuales que consagra el sistema político de nuestra Constitución, de raigambre indudablemente liberal –aunque le pese a muchos–, no conducen necesariamente o solamente al neoliberalismo, ni prohiben la necesaria presencia de Estado para equilibrar injusticias y redistribuir la riqueza. Pero confian, por principio, en la iniciativa propia, privada. Por eso, la libertad y el liberalismo, en sentido AMPLIO, tienen dos grandes enemigos: las dictaduras

1- Cuando Vargas Llosa y su séquito nos hablan de libertad nos están hablando de una cosa: la libertad empresarial para hacer sus negocios. Su modelo de libertad es aquel que implica no fundamentalmente la libre circulación de individuos para ir a sus lugares de trabajo, sino la libre circulación de capitales, un tránsito liberado de flujos financieros del cual pretenden hacer eco en América Latina, ya que en Europa hay cierta regulación de los mismos, aunque no como en el pasado.

2- La libertad tomada de forma abstracta se ha transformado en una palabra hueca, vacía de sentido. Como los adalides de la fundación libertad la proclaman, los individuos son libres de realizarse a sí mismos en una sociedad sin intervención estatal (excepto en materia de seguridad) ya que sus potencialidades no encontrarían límites a sus deseos. Tal postulado implicaría, por supuesto, que los individuos sean “lanzados” a esas posibilidades de realizarse a sí mismos en igualdad de condiciones. Pero sabemos, como el 40% de pobreza en el país demuestra, y la realidad de ser el continente más desigual del mundo confirma, que tal equidad en la potencialidad de autorrealización no existe.

3- La libertad para un mercado que sin restricciones “derramaría” los excesos de riqueza hacia abajo no es solo una falacia, independientemente de que no existan ejemplos de tal derrame en el resto del mundo sin intervención estatal en la historia, sino una utopía fracasada: el planteo corresponde a una imposible vuelta a un capitalismo dorado de libre comercio típico de finales del siglo XIX que dejó paso, con la llegada del siglo XX, al capitalismo monopolista. Dejar por lo tanto al mercado “liberado” sin regulación estatal significa, en los hechos, dejarlo cautivo de un puñado de monopolios en las diversas actividades económicas. La “mimetización” de los intereses dominantes con los intereses populares, gracias hoy en día al accionar de los mass media, es LA operación predilecta por la cual grandes sectores de la población terminan impulsando o apoyando medidas que, en los hechos, van directamente en contra de sus intereses. De allí la transfiguración de la palabra “libertad” de los empresarios y sus voceros con la “libertad” de sectores empobrecidos de la clase trabajadora y la clase media.

4- La “vuelta de página” que Martínez de Hoz proclamó al poner fin a la intervención del Estado en la economía aún no ha cesado: seguimos, lamentablemente, en esa hoja. Se ha dicho en varios medios que, frente el actual contexto de pandemia, nos encontramos en nuestro país ante un Estado presente, que asiste. Sí, es verdad que el gobierno de Fernandez, al frente del Estado, ha asistido con ayudas económicas a los sectores más golpeados de la clase trabajadora (que aún existe, aunque no se la mencione, y de repente todos seamos clase media, más o menos empobrecida). El Estado actual se encuentra administrando la miseria heredada de un gobierno anterior que dejó la economía prácticamente quebrada, y se limita a la inyección de dinero y liquidez en ciertos sectores productivos y postergados para que no desaparezcan. Tal acción NO corresponde, por lo tanto, a un Estado presente, teniendo en cuenta que el término “presente” atañe a aquel que hace presencia en diversos frentes, siendo la economía uno de ellos. La tarea pasa por lo tanto por dar “vuelta la página” una vez más en materia económica (y varias otras), con un Estado que vuelva a intervenir en la economía (reemplazando la Ley de Identidades Financieras de 1977 por otra que otorgue mayor regulación al flujo de capitales y tasas de interés, volviendo a discutir la influencia del capital extranjero en la economía nacional, replanteando un modelo de acumulación basado en la producción y no en la actividad financiera, etc.)

5- Lo más lejos que se ha llegado hasta ahora en lo expuesto en el punto 4 es la posibilidad de establecer un impuesto a las grandes riquezas. Sin duda sería algo progresivo que, ojalá, abra la discusión a otras disposiciones que hace falta tomar para avanzar en una redistribución de la riqueza más equitativa. La virulencia e idas y vueltas (por ejemplo pidiendo que el Congreso sesione a distancia primero, y luego de forma presencial) de ciertos sectores de la clase política, sólo evidencia la negativa de los más ricos del país, asociados a esos sectores políticos o directamente representantes del mismo, sin caretas ya, a que sus intereses se vean afectados de cualquier forma, por más mínima que sea.

6- Y he allí la cuestión central: el individuo neoliberal es, fundamentalmente, aquél arrojado a la libertad de elección de diversos y variados artículos, siendo cualquier lazo de solidaridad y comunidad una potencial amenaza a las libertades de elección de mercancías, por la posibilidad de organización que implicaría la construcción de relaciones sociales que conllevarían a una verdadera realización humana: aquella que se encuentra en la elaboración de un sujeto individual como parte de un colectivo que lo trascienda.

Constanza Manzur595 Posts

Llevando las noticias día a día a los ciudadanos de Traslasierra.

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