LA MANO JUSTA

­Caemos en el lugar común los argentinos y tomamos casos de inseguridad como bandera para confrontar dos bibliotecas bien marcadas y distintas; mano dura o garantismo. ¿No existe acaso una mano justa?

Esta semana volvió a instalarse el tema a partir de los casos de jubilados tomando justicia por mano propia . Salvando las distancias, este es otro caso que conmociona y divide a la opinión pública como el de Chocobar. Aunque en el del policía, es imposible justificar una emoción violenta, tratándose de un servidor público que se enfrenta a diario con situaciones de esa naturaleza.

La pregunta es por qué se intenta ideologizar la justicia en un sentido o en otro?. En los distintos casos, no parecen importar demasiado las razones sino justificar una posición política/ideológica. Como todos los temas que son atravesados por la grieta. Los progresistas defienden los derechos de los delincuentes, muchas veces por encima de los derechos de las víctimas, tal cual lo expreso el ministro  Sergio Berni. Los derechistas, justifican cualquier ajusticiamiento porque creen en esa doctrina de la pena de muerte aunque en nuestro país no esté contemplada por la ley.

Hay quien propone una reforma del Código Penal. No parece estar el quid de la cuestión en la edad de imputabilidad, que es algo que siempre se pone sobre la mesa. Cerca del 5% de los delitos son cometidos por menores. Tampoco en el endurecimiento de las penas. Simplemente en el cumplimiento efectivo de las mismas. ¿Tan difícil?­

Los beneficios de las salidas transitorias, las libertades condicionales o las prisiones domiciliarias han fracasado sistemáticamente. La reincidencia es superior en un alto porcentaje. Pero insisten, porfiadamente, en repetir los mismos patrones de justicia y derechos. Hasta en la dialéctica nuestro Código Penal tiene engaños fácticos. Si uno busca el significado de la palabra perpetua en el diccionario, se encontrará con la siguiente definición; «que dura para toda la vida». En la Argentina no existen precedentes del cumplimiento efectivo de una perpetua. El único caso que se registra, hasta aquí, es el del asesino serial Carlos Eduardo Robledo Puch, aunque aún es incierto si morirá en la cárcel o en algún momento le otorgarán el beneficio de la prisión domiciliaria.

Entonces, ¿lo que no se cumple hay que cambiarlo o hay que hacerlo cumplir? Si la justicia hubiera hecho respetar el cumplimiento de las condenas se podrían haber evitado muchas muertes, violaciones, robos, etcétera. 

JUSTIFICACIONES­

Una cosa es entender los motivos por los cuales la marginalidad puede empujar a muchos a cometer delitos y otra muy distinta es, a partir de eso, justificarlos y conmutar sus penas. ­

El Estado tiene la obligación de brindarles a todos las mismas oportunidades. Mientras no lo haga, seguiremos rehenes de esta inseguridad que, lejos de solucionarse, se irá agravando cada vez más. Sería bueno, entonces, que una parte de la sociedad entienda -desde un espíritu colectivo o desde el egoísmo individualista- que incluir y mejorar las condiciones de vida de aquellos que se encuentran en una situación de marginalidad no sólo es lo que corresponde humanamente, sino que además es lo que impactará de modo directo en la baja del delito. Lo mismo pasa con los presos. La cárcel no es un lugar de resocialización, sino que se ha constituido en una escuela del delito donde todos salen peor que como entraron. ¿Acaso la privación de la libertad no es suficiente pena?­

Como sea, está claro que hay que reformar el sistema de manera estructural y dejar de lado la ideología para que haya justicia, siempre. (PABLO GUERRERO PARA VDX)

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