LAS EMOCIONES Y LA PATRIA

Un hombre odia o ama, es su naturaleza; en general estos sentimientos soslayan la razón, por lo que es muy fácil usarlos para conseguir un fin político. Sobran ejemplos históricos, tanto en la Alemania Nazi como en la Rusia Soviética, el uso del odio como motor revolucionario posibilitó la instauración de regímenes tiránicos.  

No es difícil utilizar los sentimientos para concretar un miserable fin político. A esto se llega cuando los ideales humanos del amor y del odio, de la solidaridad y el egoísmo, de la aceptación y del rechazo son manipulados en función de afinidades edificadas según una idea política. Nosotros y ellos son los límites que separan la benevolencia y la protección grupal, del desapego, la violencia y, en último término, la eliminación de los otros. Esa y no otra, es hoy la realidad argentina. 

Es nuestro país un campo fértil para este tipo de ejercicios. Los argentinos miramos nuestra historia pasada según determinados lentes y vamos hacia un incierto futuro poniendo en juego, sin pudor ni vergüenza, las enfermizas carencias que mostramos como nación desde hace más de doscientos años: una fragilidad espiritual que nos ha impedido construir una identidad común y la trágica ausencia de un proyecto nacional que merezca preservarse a través del tiempo. 

Hemos padecido, y la seguiremos padeciendo, una innata incapacidad para forjar en esta hora de fracaso absoluto algo semejante al: “Solo les puedo ofrecer sangre, sudor y lágrimas…”, no solo por la falta de un correcto liderazgo- y al hablar de liderazgo no me estoy refiriendo a la necesidad de tener un caudillo que nos ampare- sino también por la carencia de un terreno fértil donde éste pueda crecer; todo esto está a la vista y en la historia. El 14 de junio de 1982 trasladamos nuestro pasajero espíritu nacional de Malvinas- habíamos perdido la guerra y ya no  nos importaban las islas- a la ilusión del mundial de fútbol. 

Inclusive, hemos fragmentado el concepto de Patria. Ha dejado de ser un concepto moral para pasar a ser un título de propiedad de grupos minoritarios, que bendicen o estigmatizan según una previsible preferencia. Simplemente, una liviana mano de pintura para esconder privilegios inadmisibles o viles impunidades. Tenemos una bandera, pero, ¿tenemos detrás de ella un objetivo común? Es en vano hacer esta pregunta porque para nosotros no es determinante la defensa de un espacio cultural común al todo nacional. (PABLO GUERRERO PARA VDX)

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