UN PAIS SIN SENTIDO COMUN

En Argentina se está acabando la tolerancia. El kirchnerismo dividió a los argentinos, logró que el enfrentamiento y el insulto sea cosa de todos los días, basta observar las redes sociales. Lo que se considera inseparable de la democracia, la diversidad de puntos de vista e intereses, está lejos de ser esencial, los postulados tanto del Gobierno como de buena parte de los opositores, son los de la unidad y la unanimidad.

Cada grupo cree poseer la verdad absoluta, lo que desvirtúa el lenguaje, las ideas correctas no vienen solas, sino con desvalorizaciones de las personas, por pensar distinto, olvidando que no somos omniscientes.

El mundo desarrollado nos está pasando el trapo, la tecnología, que se ha vuelto cada vez más sofisticada, está modificando, radicalmente, la división del trabajo, creando un horizonte nuevo para el trabajo humano. Mientras, en nuestro país, hay chicos que no pueden acceder a una computadora y, lo que es peor, pasan hambre.

El empobrecimiento está abarcando, con intensidad variable, a regiones y ciudades y con más estrangulamiento económico, no obstante los controles desesperados del gobierno. La riqueza, depende de los favores y no de la rentabilidad que surge del mercado. Como viento arrasador avanza la fiscalización sobre la actividad económica y, también, de la vida social, con la excusa de la pandemia.
La inflación depreció la moneda y la está haciendo desaparecer, los impuestos encorvan las espaldas de quienes intentan producir; la vida urbana languidece: teatros, restaurantes, negocios, bares, están cerrados o pasando penurias, inimaginables, para subsistir.

El Estado se ha transformado en un organismo de reparto y de apoyo a intereses sectoriales. Así prosperan caciques gremiales y empresarios beneficiados; el poder legislativo ha resignado muchas de sus facultades, somos gobernados más que por nuestros representantes a través de ciertas corporaciones. Se ha generado escepticismo de parte del electorado, el cual desconfía del papel del Congreso y duda de la integridad ética de muchos de sus integrantes. Los canjes de favores trascienden y minan la credibilidad, se agrega la poca dedicación de diputados y senadores quienes, por todo ello, han minado su prestigio.

Las provincias dependen de las dadivas del gobierno, por lo cual, son obligadas a ofrecerle favores, cuando los necesitan, mermando sus autonomías.

En conclusión, «el presidente» dispone del patrimonio y, ahora, hasta de la vida de muchos argentinos, gestionando mal el tema vacunas y propagando miseria por su fracasada gestión económica. (PABLO GUERRERO PARA VDX)

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